Por: Guillermo Rebolledo Mejía, Presidente Junta Directiva de Procaña
Mientras Colombia sigue atrapada en discusiones ideológicas sobre el agro, el mundo avanza hacia cadenas productivas más inteligentes, sostenibles y tecnificadas.
Durante años, la conversación sobre el azúcar estuvo reducida a la discusión: toneladas, exportaciones y precios internacionales. Hoy la competitividad no se mide únicamente por cuánto produce un cultivo, sino por qué tan capaz es un sector de adaptarse al clima, adaptar tecnología, reducir impactos ambientales y sostener empleo formal en medio de entornos cada vez más inestables.
La agroindustria de la caña es un sector que ha entendido que producir ya no es suficiente y empieza a dimensionar el camino que lleva la ruta de la sacarosa.
Porque no estamos hablando solamente de azúcar. Estamos hablando de conocimiento aplicado, de ciencia y de datos. De investigación genética y de eficiencia industrial. De sostenibilidad. Y también, aunque pocas veces se diga con suficiente claridad, de estabilidad territorial.
El valle geográfico del río Cauca ha logrado consolidar durante décadas una red productiva, técnica y empresarial capaz de conectar el campo, la industria, la investigación y el desarrollo regional. Esto no ocurrió por azar. Ocurrió porque hubo visión de largo plazo.
Y quizás ese es el principal activo que hoy tiene el sector: entender que el futuro no se improvisa.
Las recientes dificultades en los niveles de sacarosa, provocadas por condiciones climáticas y otros factores agronómicos, son una alerta seria. También lo son la volatilidad del mercado internacional, la presión sobre el etanol y un dólar menos favorable para las exportaciones. El escenario es exigente. Negarlo sería irresponsable.
Pero reducir la discusión únicamente a la coyuntura económica sería un error aún mayor.
Lo que realmente está en juego es la capacidad del sector para evolucionar más rápido que los desafíos que enfrenta. Y ahí la ciencia vuelve a marcar la diferencia.
La investigación desarrollada por centros especializados, como Cenicaña, las nuevas variedades resistentes a plagas y enfermedades, la agricultura por sitio específico y las estrategias de descarbonización muestran que la agroindustria entendió algo fundamental: la sostenibilidad es una condición de permanencia.
El problema es que buena parte del debate público en Colombia sigue varios años atrás. Todavía hay quienes plantean el desarrollo rural como una confrontación entre productividad y sostenibilidad, como si ambas fueran incompatibles. El mundo ya demostró exactamente lo contrario. Los sectores más competitivos son, precisamente, los que mejor integran innovación tecnológica, eficiencia ambiental y capacidad de adaptación.

Articulación entre sectores
Y eso exige algo que el país pocas veces logra sostener: unidad estratégica. Porque ningún sector enfrenta solo una transformación de esta magnitud. Se necesita articulación entre productores, centros de investigación, empresas, academia y Estado.
Se necesitan decisiones basadas en evidencia. Formación técnica y transferencia de conocimiento. Inversión en tecnología, infraestructura y seguridad jurídica. Y, sobre todo, visión de largo plazo.
Sin eso, cualquier capacidad productiva termina debilitándose. Por eso espacios como los congresos internacionales del sector o escenarios de innovación aplicada tienen un valor mucho más profundo de lo que algunos imaginan. No son únicamente eventos gremiales. Son lugares donde se define la velocidad con la que una agroindustria logra adaptarse al mundo que viene.
Porque el mundo que viene será más técnico, más exigente y menos tolerante con la improvisación. Y Colombia necesita entenderlo rápido.
La discusión ya no es si el agro debe modernizarse. La discusión es quiénes van a liderar esa transformación y quiénes van a quedarse atrapados en debates del pasado.
La ruta de la sacarosa deja una lección importante: producir sosteniblemente no ocurre por discurso. Ocurre cuando el conocimiento se convierte en decisiones concretas. Eso implica entender el dato como herramienta estratégica, asumir el cambio climático como una realidad operativa y reconocer que la competitividad futura dependerá menos de ventajas naturales y más de inteligencia productiva.
El reto es enorme. Pero el sector tiene algo que hoy vale más que cualquier coyuntura favorable: capacidad técnica acumulada. Y en tiempos donde abundan las incertidumbres, eso puede marcar la diferencia entre resistir el cambio o liderarlo.

























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