Por: Johan Quimbaya – Comunicaciones Procaña

En el norte del Cauca, una región de sublimes paisajes y de grandes riquezas naturales, las comunidades rurales conviven todos los días con la incertidumbre que genera la falta de seguridad en el territorio.

Aun así, Amparo Angola continúa levantándose antes de las cinco de la mañana para caminar hacia su cultivo de caña. Lo hace con la misma convicción que la llevó, hace más de 15 años, a tomar las riendas de una tierra que parecía no tener futuro. Mientras otros dudaban, ella apostó por capacitarse y empezar a cultivar.

Fue en el año 2010 que esta padillense asumió el reto de trabajar una hectárea de tierra que pertenecía a su familia y que durante años estuvo en alquiler. Lo hizo con la asesoría del Ingenio del Cauca, que le brindó las capacitaciones necesarias para empezar a cultivar caña de azúcar. Aprendió que la tierra responde cuando se trabaja con disciplina, organización, pero, sobre todo, con amor y así convirtió este pequeño cultivo en una fuente de sustento para toda su familia. “No se necesita tener grandes cantidades, sino saber manejar lo que se tiene”, dice Amparo.

Su historia no ha sido fácil. Amparo es madre de tres hijos, es viuda y hoy está a cargo del cultivo y la producción. Heredó de su padre esta tierra y le tocó aprender no sólo a cultivarla sino a entender cómo el territorio ha cambiado con el paso de los años. “Hoy, la realidad es distinta, uno se iba solo por esos montes. Ahora ya no se puede. Este era un pueblo muy sano, aquí no se oía que mataran o robaran a alguien… ahora, mejor dicho, a las 6:00 de la tarde ya todo el mundo está encerrado”, cuenta.

Con casi 70 años Amparo todavía se pone los ‘guantes’ y entra al cultivo a arrancar guinea o maleza, a revisar la caña y acompañar las labores de cosecha. Durante muchos años trabajo sola, hasta que su cuerpo empezó a pedirle una pausa y fue necesario apoyarse en más personas. Su hermano, la acompaña en esta misión y cuando lo requiere, tiene la ayuda de jornaleros. Ella sigue frente al cultivo, es quien cuida y dirige cada detalle.

Hay algo que define a Amparo y es el amor por lo que hace. “El campo es vida” recalca convencida mientras recuerda que durante la pandemia mientras muchas familias enfrentaban dificultades para conseguir alimentos, ella encontró en su finca, entre sus cultivos de pancoger, la tranquilidad de saber que nunca les faltaría algo para comer.

Amparo representa a muchas de las mujeres que hoy están liderando  cultivos en el campo. Asegura que se siente orgullosa de ser campesina y de saber que los pequeños productores han encontrado en Procaña siempre guía y acompañamiento. “Nunca nos hemos sentido solos. Me invitan a todas las capacitaciones y lo más importante me han aceptado con mi niña especial, yo llego allá y nadie me le hace el “uchi” a mi muchacha”.

Procana
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