Por: Marcela Urueña Gómez – Directora Ejecutiva de Procaña

El sector de la caña de azúcar en el suroccidente colombiano enfrenta hoy un punto de quiebre que trasciende lo estrictamente productivo y nos sitúa en una encrucijada histórica.

Pretender reducir el motor de desarrollo y vida de nuestra región a la narrativa simplista e ignorante de un monocultivo es un grave error, alimentado por sesgos ideológicos que desconocen la realidad del campo. 

La verdad incontrastable es que el cultivo de la caña constituye el escudo social y la columna vertebral de la economía regional. Somos una actividad humana que transforma la realidad de 286.000 hogares, sembrando estabilidad política, progreso social y tejido comunitario en territorios donde, con alarmante frecuencia, el Estado brilla por su ausencia.

No obstante, la sostenibilidad de este engranaje vital está bajo una amenaza inminente. Por un lado, nuestros cultivadores se encuentran atrapados entre dos situaciones que afectan su sostenibilidad. 

Mientras el precio ponderado del azúcar ha caído un 21% frente al año anterior, ubicándose en torno a los $1.857 por kilo, los costos de producción e insumos han aumentado un 19%. Esta cruda realidad del mercado ha transformado radicalmente las exigencias técnicas en el campo: si hace apenas un año el umbral de rentabilidad se lograba con 90 toneladas por hectárea, hoy el punto de equilibrio exige alcanzar las 120 toneladas por hectárea. Esta presión obliga a los cañicultores a implementar niveles de eficiencia agrícola extremos para evitar trabajar a pérdida.

Por otro lado, el desafío más amargo no proviene de las fuerzas del mercado, sino del complejo entorno político. Nos corresponde navegar bajo el hostigamiento abierto de un Gobierno Nacional que profundiza narrativas de división y lucha de clases, un panorama que se torna crítico ante el deterioro de la seguridad física y jurídica, las constantes invasiones de tierras, la alta carga impositiva que dificulta ejercer la propiedad privada y la evidente ineficacia de la política de ‘Paz Total’. 

Ante esta coyuntura desafiante, la representación gremial no puede limitarse a la contemplación; Procaña debe actuar con firmeza como el escudo y el puente de sus afiliados. No estamos ante un cambio de guardia rutinario, sino ante la obligación de proteger un patrimonio construido a lo largo de generaciones. Para responder a este mandato de la Junta Directiva, considero que la estrategia de Procaña para el próximo cuatrienio debe articular propuestas de acción concretas articuladas en torno a tres pilares fundamentales:

Primer pilar: Representatividad con Resultados

Transformará la vocación del gremio en una voz técnica e ineludible en las mesas donde se define la política pública. La acción inmediata se concentrará en blindar la seguridad jurídica y física de los predios mediante una incidencia contundente y fundamentada rigurosamente en datos duros. No pediremos permiso para exigir el cumplimiento de la ley ni para defender la propiedad privada.

Segundo pilar: Generar valor agregado

Diferenciado enfocado directamente en la sostenibilidad del cultivador. Procaña reconfigurará su portafolio de servicios y asistencia técnica para adaptarlo a cada modalidad de negocio de nuestros afiliados. Diseñaremos herramientas financieras, jurídicas y operativas específicas tanto para quienes comercializan mediante contratos de compraventa tradicionales, como para aquellos que operan bajo los modelos de cuentas en participación o arrendamiento. Si la gestión de Procaña no se traduce directamente en la mejora productiva de sus productores, el gremio no está cumpliendo su tarea vital.

Tercer pilar: Revolución de la bioeconomía

La supervivencia a largo plazo del sector nos exige romper la dependencia histórica de los precios internacionales y dejar de ser vistos exclusivamente como proveedores de un commodity

La acción estratégica se orientará hacia la diversificación, proponiendo la innovación agroindustrial hacia la producción de azúcares raras, proteínas dulces y plásticos biodegradables.

Evolucionar hacia estos mercados de alto valor agregado no significa rendirse ni abandonar nuestra tradición; por el contrario, representa el blindaje técnico y comercial indispensable para proteger el patrimonio de nuestras familias frente a los drásticos cambios en los hábitos de consumo globales. 

Los agricultores y productores de caña de azúcar no somos espectadores de la historia, somos sus verdaderos protagonistas. Aunque Colombia atraviesa una noche oscura en materia institucional y de seguridad, la caña nos enseña su lección más valiosa: la resiliencia. Es una planta noble que sabe soportar el sol inclemente, que sabe recuperarse del corte y que siempre vuelve a brotar con mayor vigor. 

Es momento de recuperar el optimismo, no por una postura ingenua, sino porque confiamos plenamente en nuestra capacidad de transformar las dificultades a través del trabajo riguroso, el criterio técnico y la unión inquebrantable del gremio.

Sintámonos profundamente orgullosos de ser empresarios del campo; nuestro trabajo no pertenece al pasado, es el motor que garantiza el futuro de la región y del país

Procana
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