Por Sandra Alarcón – Cenicaña

La productividad, la eficiencia en el uso de insumos y la disponibilidad de fertilizantes, entre otros factores, están directamente relacionadas con la matriz del suelo; por lo tanto, su conservación es fundamental para la sostenibilidad del sector agrícola.

El suelo es el hábitat de un ecosistema que alberga un sinnúmero de comunidades de macrofauna (> 2 mm: lombrices, hormigas, termitas), mesofauna (0,1–2 mm: ácaros, colémbolos, pequeñas larvas de insectos, entre otros) y microorganismos (≤ 0,1 mm: bacterias, hongos, actinomicetos). Todas estas comunidades construyen galerías, aportan materia orgánica, liberan nutrientes y establecen relaciones benéficas con las raíces. Esa intensa actividad biológica crea y estabiliza agregados, mejora la porosidad y la infiltración, y fortalece la capacidad del cultivo para enfrentar periodos de baja y alta humedad, así como distintas presiones bióticas. Conservar ese hábitat es, en consecuencia, maximizar rendimiento y reducir riesgos.

Además, el suelo funciona como un gran reservorio de carbono. Es posible aumentar el almacenamiento de carbono en el suelo mediante prácticas que mejoren su estructura, fertilidad y capacidad de retención de agua. En términos productivos, más carbono en el suelo mejora el balance de carbono (CO₂ de la atmósfera vs. CO₂ capturado en el suelo), genera una mejor respuesta frente a los cambios originados por la variabilidad climática e impacta de manera positiva la respuesta a la fertilización y la formación de la estructura de los agregados.

A partir de lo anterior, algunas alternativas enfocadas en conservar y mejorar las funciones del suelo se orientan a la adopción de tecnologías y prácticas sostenibles, entre ellas:

  • Cobertura en el suelo: mantener residuos agrícolas de cosecha en todas las calles, cuando es operacionalmente viable, reduce la evaporación, amortigua el impacto de la lluvia, conserva la humedad y evita la erosión. También representa un aporte de materia orgánica a largo plazo.
  • Abonos verdes: sus raíces ayudan en procesos de descompactación del suelo, aportan materia orgánica a largo plazo y controlan malezas; además, alimentan la biota del suelo y estabilizan la estructura.
  • Preparación y labores con enfoque AEPS: previene la compactación, asegurando el oxígeno en el suelo requerido por el cultivo y los microorganismos, realizando únicamente las labores necesarias.
  • Uso de bioinsumos: estos materiales estabilizados aportan en la reconstrucción del carbono del suelo y promueven la vida microbiana.
  • Nutrición de precisión: el uso de herramientas como el SEF (Sistema Experto de Fertilización) promovido por Cenicaña, junto con la precisión en la aplicación, eleva la eficiencia y la rentabilidad del cultivo.
  • Gestión eficiente del recurso hídrico: disponer de riegos y sistemas de drenaje, según los requerimientos y oportunidades, garantiza condiciones óptimas para el desarrollo del cultivo.
  • Corredores biológicos: el establecimiento de corredores en los cercos vivos o corredores ribereños actúa como barrera rompeviento, facilita la movilidad de la fauna en los lotes, sirve de hospedero a insectos benéficos del cultivo y captura CO₂ tanto en la planta como en el suelo, aportando a la estabilización del balance de carbono.

En este contexto, el enfoque de agricultura específica por sitio es clave: no todos los lotes requieren lo mismo ni al mismo tiempo. Mapear la variabilidad y priorizar intervenciones donde sea necesario permite orientar las decisiones tanto hacia la productividad como hacia la sostenibilidad.

La implementación de tecnologías acelera y hace verificables estas decisiones. Estaciones meteorológicas, sensores de humedad, redes de IoT y plataformas geoespaciales permiten delimitar ambientes de manejo, programar labores y medir resultados. Integrar esos datos con indicadores del suelo —materia orgánica, densidad aparente, estabilidad de agregados, infiltración, pH, CIC, respiración y actividad enzimática— convierte la conservación en una práctica gerenciable y comparable entre predios.

La conservación del suelo protege la rentabilidad hoy y abre oportunidades para mañana: mayor eficiencia en el uso de insumos, resiliencia frente a la variabilidad climática y una base fértil que sostiene la innovación y la diversificación productiva. Un futuro sostenible no empieza en la fábrica ni en el mercado; empieza bajo nuestros pies, en el suelo.

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