En el corazón del Valle del Cauca, entre ríos, cultivos y montañas, hay una familia que ha hecho del suelo su mayor legado, Balsilla SAS, son de esos agricultores que no se definen por la cantidad de hectáreas cultivadas, sino por la forma en que las cuidan. “No somos agricultores, somos cuidadores de la tierra”, dice Fernando con la serenidad de quien ha entendido que la sostenibilidad no se predica: se practica. 

En entrevista con algunos de sus miembros, Fernando Hoyos y su hijo Sebastián, nos cuentan que su historia comenzó en los años cincuenta, cuando su padre fundó el antiguo Ingenio Balsilla. Con el tiempo, las circunstancias los llevaron a cerrar la fábrica y a enfocarse en el cultivo de caña.  Ese cambio, más que un final, fue el inicio de una filosofía nueva: gestionar la tierra con respeto, amor e inteligencia. Fernando sostiene que “nuestro negocio no es la caña ni la piña, sino el manejo de la tierra”, lo cual evidencia que su perspectiva va más allá de la producción y se convierte en un modo de vida. 

Esa perspectiva del campo les ha permitido diversificarse con cultivos de teca, macadamia, piña y cítricos, fusionando lo tradicional con lo innovador. Implementan prácticas que preservan el balance natural y optimizan la productividad del terreno desde la granja familiar, situada en un pie de loma y surcada por tres ríos. Para ellos, el verdadero progreso está en la capacidad de producir sin destruir. 

Pilar Ambiental

El pilar ambiental es el más visible en su modelo. Han reducido el uso de fertilizantes químicos al mínimo gracias a la siembra de leguminosas como el caupí y la crotalaria, que aportan nitrógeno de forma natural y reducen en 40 % la necesidad de control químico de arvenses. También aplican materia orgánica para fortalecer los microorganismos del suelo y mantenerlo vivo. En su sistema de riego por gravedad han logrado reducir en 70 % el consumo de agua, un logro notable en tiempos de escasez. Además, conservan guaduales y corredores biológicos que protegen los ríos y generan microclimas más estables. 

“La tierra nos da todo, pero exige respeto”, comenta Sebastián. Por eso, sus decisiones parten del principio de cuidar el suelo para que las futuras generaciones encuentren en él una fuente de vida, no de agotamiento. 

Pilar Económico

El pilar económico se refleja en la eficiencia con la que gestionan cada metro de tierra. Provenientes de una tradición industrial, mantienen una cultura organizacional sólida y una administración rigurosa de costos y balances hídricos. Han demostrado que la sostenibilidad es rentable cuando se entiende como un proceso integral: producir más con menos impacto. “Integra nos enseñó a pensar cómo mejorar”, dice Fernando. Ese programa de Procaña no solo los ayudó a medir indicadores ambientales, sino también a fortalecer su competitividad sin comprometer el entorno. 

Pilar Social

El pilar social late con fuerza en Balsilla SAS. La mayoría de sus trabajadores son del municipio de Florida, y su bienestar es una prioridad. Participan activamente en el programa Aldeas, de la Fundación Corazón de Caña, impulsando huertas familiares que promueven la autosuficiencia alimentaria. Lo más importante del Programa Aldeas es que no consiste en regalar, sino en instruir a mantenerse firme. “No damos el pescado, enseñamos a pescar”, dice Fernando, con la certeza de que para lograr el desarrollo rural es necesario compartir conocimientos en lugar de asistencia. 

Sebastián, quien representa la nueva generación del agro, aporta una visión renovada. Su lenguaje incluye palabras como tecnología, innovación y energía solar. Cree que la agricultura del futuro depende de la capacidad de aplicar herramientas digitales y biotecnológicas para seguir mejorando. El agro no es rudimentario. Es una industria con un potencial enorme, solo hay que mostrarlo”, dice. Su mirada confirma que la herencia más valiosa que puede dejar una familia agrícola es el conocimiento. 

Ambos coinciden en que pertenecer a Procaña les ha permitido crecer. Lo consideran más como una red de apoyo en la que se intercambian vivencias, lecciones y soluciones efectivas que como un gremio. Cada vez que se encuentran con otros productores, recuerdan que el camino hacia la sostenibilidad no es individual, sino colectivo. En diciembre, que es cuando el mundo conmemora el Día Internacional del Suelo, ejemplos como el de la familia Hoyos nos hacen recordar que cada hectárea bien administrada es un signo de amor y esperanza. Que, en esencia, proteger el planeta es protegernos a nosotros mismos. Lo que realmente significa ser sostenible se encuentra en cada surco fértil, en cada gota de agua que se usa sabiamente y en cada familia que siembra futuro. 

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